Mariana creció pasando los veranos en esta orilla. Cuando heredó la cabaña, la reconstruyó en vidrio y madera para compartirla sin perder lo que la hace especial: el silencio, el agua y el bosque.
Ella misma recibe cada reserva, prepara la despensa de bienvenida y responde en menos de una hora si necesitas algo durante tu estancia. Vive a diez minutos, pero nunca interrumpe: la casa es solo tuya mientras estás aquí.
Su consejo: llega antes del atardecer el primer día. La llegada con luz baja, cuando el lago se pone dorado, es la mejor bienvenida que la casa puede darte.